El comienzo de un nuevo curso recupera una de las preguntas que más inquietan a muchas familias: cuándo es el momento adecuado para que un hijo tenga su primer teléfono móvil y, sobre todo, cómo acompañarle para que aprenda a utilizarlo de forma responsable. La entrada en la etapa de secundaria suele convertirse en un punto de inflexión, cuando los alumnos ganan autonomía, empiezan a desplazarse solos y aumenta la presión de su entorno para disponer de un smartphone y acceder a redes sociales.
Los datos reflejan hasta qué punto el móvil forma ya parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. Según el estudio Infancia, Adolescencia y Bienestar digital, elaborado por UNICEF, Red.es, la Universidad de Santiago de Compostela y el Consejo General de Colegios de Ingeniería Informática, el 82,4 % de los menores españoles dispone de teléfono móvil propio y accede a él a los 10,8 años de media. En primaria, el 51,6 % de los alumnos tiene smartphone, porcentaje que alcanza el 92,8 % al llegar a secundaria.
Ante este escenario, Laura Cuesta Cano, profesora de la Universidad Camilo José Cela y experta en bienestar digital, plantea un enfoque que puede resultar especialmente útil para las familias: sustituir el debate del “móvil sí o móvil no” por una incorporación progresiva de la tecnología, adaptada a la madurez y a las necesidades reales de cada niño.
Cuesta, que ha diseñado, junto a la empresa tecnológica SPC, una guía práctica para ayudar a las familias a establecer hábitos digitales según las diferentes edades, defiende que no existe una edad universal para entregar el primer dispositivo. “Hablar de edades es difícil porque no hay familias ni niños iguales. Más que los años importa su maduración y, sobre todo, entender cuáles son sus necesidades y las de los padres”, explica.
Un móvil no tiene por qué significar acceso a todo
Una de las ideas centrales de la profesora de la UCJC es que proporcionar a un menor un dispositivo para poder comunicarse con él no obliga a poner inmediatamente en sus manos todas las posibilidades de un smartphone.
Para niños de 10 u 11 años que comienzan a moverse solos, por ejemplo, Cuesta considera que si la principal necesidad de la familia es la seguridad puede ser suficiente con un dispositivo que permita realizar llamadas, enviar mensajes y utilizar la geolocalización. “No hace falta más”, resume.
Esta idea de progresividad se mantiene conforme crecen. Entre los 10 y los 12 años pueden acceder, bajo supervisión, a videojuegos, fotografías, música o determinados canales de vídeo, pero Cuesta aconseja que todavía no tengan redes sociales. Entre los 12 y los 14 años puede aumentar su autonomía y ampliarse el acceso a aplicaciones y plataformas, aunque considera preferible seguir retrasando la entrada en las redes.
De esta manera, entregar el primer móvil deja de ser una decisión de “todo o nada”. “No se trata de regalar un teléfono con todo accesible en la Comunión y ya está”, advierte. Existen dispositivos y sistemas que permiten ir habilitando funcionalidades a medida que el menor demuestra que está preparado para utilizarlas con mayor autonomía.
La presión de las redes sociales
Precisamente las redes constituyen uno de los principales desafíos para las familias durante la adolescencia. El mismo estudio señala que el 92,5 % de los menores está registrado en al menos una red social y que el 75,8 % utiliza tres o más.
Para Cuesta, la respuesta no puede limitarse a la prohibición. “La clave es la alfabetización digital desde que son pequeños, no prohibir por prohibir”, afirma.
La especialista advierte de que las prohibiciones absolutas pueden generar efectos no deseados, como llevar a los adolescentes hacia plataformas menos conocidas o entornos que escapan con mayor facilidad a la supervisión familiar. Por ello, junto a las obligaciones que deben asumir las propias compañías tecnológicas para crear entornos más seguros, considera fundamental que los niños aprendan progresivamente a comprender cómo funcionan esos espacios, qué riesgos existen y qué decisiones deben tomar dentro de ellos.
Acompañar no significa espiar
Uno de los mensajes más relevantes de Cuesta para padres y madres tiene que ver con la diferencia entre supervisión y vigilancia.
Las familias deben conocer qué aplicaciones utilizan sus hijos y estar pendientes, especialmente cuando son pequeños, de aspectos como el contacto con desconocidos. Eso no significa, sin embargo, leer sistemáticamente sus conversaciones privadas.
“Una cosa es saber en qué aplicaciones están o si hablan con desconocidos y otra leer sus conversaciones”, explica. Y sobre la utilización de herramientas para espiar sus mensajes es tajante: “No soy partidaria. Supone romper la confianza”.
Cuesta recuerda además algo que puede resultar difícil de asumir en la educación digital: “Fuera y dentro de las pantallas el riesgo cero no existe”. Por eso propone sustituir la tentación de saberlo absolutamente todo por algo más valioso a largo plazo: mantener abierta la comunicación.
“Si quieres saber, pregunta, pregunta mucho, pero sin romper la conexión con tu hijo”, aconseja.
Las normas digitales deben afectar también a los adultos
Para conseguir esa confianza, la conversación sobre tecnología debe comenzar mucho antes de que aparezca un problema. Y no debería centrarse únicamente en advertencias sobre peligros.
Cuesta recomienda hablar también con los hijos sobre las posibilidades positivas de la tecnología y explicarles por qué, durante determinadas edades, necesitan supervisión y acompañamiento. Para ello pueden establecerse acuerdos familiares sobre el uso de móviles, tabletas, videojuegos y otros dispositivos, pero con una condición fundamental: las reglas deben tener coherencia para toda la familia.
La profesora de la UCJC señala la contradicción que supone pedir a un adolescente que reduzca el tiempo ante la pantalla mientras observa permanentemente a sus padres utilizando el teléfono. “No vale el ‘porque yo lo digo’», subraya.
El ejemplo de los adultos forma, por tanto, parte de la educación digital de los hijos. Los horarios, los espacios sin móvil, el respeto durante las conversaciones o la manera en que los padres gestionan sus propias notificaciones transmiten también una forma de relacionarse con la tecnología.
Educar para que algún día no necesiten supervisión
El objetivo final del acompañamiento familiar no debería ser controlar indefinidamente el uso del teléfono, sino conseguir que los hijos desarrollen la capacidad de gestionarlo por sí mismos.
Cuesta habla de “ir soltando hilo” progresivamente. En torno a los 15 o 16 años, considera que los adolescentes deberían disponer ya de una elevada autonomía en el uso de sus dispositivos, siempre que ese proceso educativo se haya iniciado mucho antes.
“No podemos llegar a los 16 y pretender que nos respondan, porque ellos confían en sus iguales, no en nosotros”, advierte. Por eso, la relación que las familias construyan durante los primeros años de vida digital resulta determinante cuando aparezcan situaciones más complejas.
La aspiración, explica, es que cuando un adolescente tenga un problema —dentro o fuera de Internet— sus padres sigan siendo las primeras personas a las que quiera acudir.
En un entorno digital que evoluciona mucho más rápido que cualquier manual de instrucciones, la propuesta de Laura Cuesta desplaza así el foco desde el dispositivo hacia la educación: no existe una fórmula idéntica para todas las familias ni una edad que resuelva por sí sola el dilema. Existen, en cambio, el diálogo, la incorporación gradual de autonomía, unas normas coherentes y una relación de confianza que debe empezar a construirse mucho antes de entregar el primer móvil.


