Cómo un diseñador propició el cambio de paradigma que supone la LOMLOE (y que no afecta a la universidad)

La vigente ley educativa española, la LOMLOE ha colocado en el centro del sistema y de la práctica educativos el aprendizaje del estudiante. Para ello, ha propuesto dos nuevos elementos: las situaciones de aprendizaje y el diseño universal para el aprendizaje. Ambos se aplican, como corresponde al tipo de ley, a las etapas de educación infantil, primaria, secundaria, bachillerato y FP, quedando fuera la etapa universitaria.

Merece la pena detenerse en ambos elementos y en su interdependencia, para comprender el cambio de paradigma educativo que implican y preguntarnos por qué el alumnado y profesorado universitarios quedan “fuera de la ley”.

El concepto de ‘Diseño Universal’

Comencemos con el primer elemento diferencial de la LOMLOE. El Diseño Universal para el Aprendizaje nace del concepto de Diseño Universal formulado por el arquitecto Ronald Mace, en 1997.

Más que concepto, constituyó toda una filosofía, una reflexión y un cambio de paradigma en los objetivos del diseño. A través sus siete principios generales del diseño, aplicables en arquitectura, ingeniería y, actualmente, en páginas web y aplicaciones, Mace establece una guía para integrar, en productos y espacios, elementos y características de tal forma que permitan la accesibilidad del número máximo de usuarios.

Evita así la necesidad de futuras adaptaciones, en función de necesidades distintas de la media, diferenciadoras. Dicho de otra forma, Mace pone en el centro al usuario y sus necesidades; el diseño es para el usuario y, de antemano, está adaptado a y cuenta con la diversidad de usuarios. No son ellos los que deben ser válidos o adecuados para usar el diseño.

Aplicación al aprendizaje

El traslado de la idea de Mace a la educación es bastante sencillo en teoría; la puesta en práctica es complicada, como en todo cambio de paradigma, por las inercias adquiridas, en este caso, durante varios siglos. Se trata de poner el sistema educativo al servicio de cada estudiante atendiendo a sus capacidades, intereses y motivaciones, preferencias o estilos de aprendizaje, lenguas y culturas, identidades sexuales y estructuras familiares. Ya no es el estudiante el que debe ajustarse al sistema y demostrar que es válido dentro de él.

Este es el trasfondo del diseño universal para el aprendizaje y, filosóficamente, es muy profundo: se trata de extinguir el concepto de estudiante medio, como comenta Carmen Alba.

Pues solo un estudiante medio (promedio), sin grandes diferencias y particularidades, puede adaptarse a un proceso educativo rígido, con las mismas actividades y la misma forma de evaluación para todos.

¿Existe el estudiante medio?

Podríamos avanzar un poco más en la idea de Alba y pensar que esos contenidos se diseñan para ser accesibles para la mente media o promedio, con objetivos de aprendizaje y sistema de evaluación afinados a lo que se espera de un ciudadano medio en una… ¿sociedad media?

Todo ello constituye el ejemplo perfecto de la forzosa y, desde la infancia, forzada adaptación y moldeamiento de la persona a un estándar medio, en torno al que se ha erigido todo un sistema educativo.

Un diseño al revés

El diseño universal para el aprendizaje, alineándose con el cuarto Objetivo de Desarrollo Sostenible, pretende “garantizar una educación inclusiva y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje para todos” y cada uno.

Es un diseño al revés, que invierte la relación persona-sistema y, en la estela del diseño universal de Mace, saca el sistema del centro y coloca en él a la persona, trasformando al estudiante en aprendiente.

Para ello, el diseño debe ser capaz de ofrecer oportunidades de aprendizaje a todas las persona atendiendo y valorando sus particularidades. Todo un giro copernicano educativo que, recordemos, no aplica a la etapa universitaria.

Situaciones u oportunidades de aprendizaje

Los elementos educativos que trasladan el diseño universal al territorio concreto del aprendizaje en el aula se denominan situaciones de aprendizaje. Se trata de actividades que acompañan los contenidos y que ayudan a que estos sean aprendidos de manera significativa.

Un aprendizaje significativo implica la incorporación competencial de lo aprendido, de tal forma que el aprendiente sea capaz no solo de reproducir los conocimientos, sino también de transferirlos, esto es, aplicarlos exitosamente a otros ámbitos y a la práctica, a la acción.

Con pequeñas variaciones para las etapas de Secundaria y Bachillerato, las situaciones de aprendizaje poseen un mismo diseño-esqueleto para cualquier edad.

Principalmente, deben plantear un problema o reto, favorecer la transferencia del conocimiento a situaciones cotidianas factibles, tener unos objetivos claros cuya consecución requiera la integración de saberes básicos y favorecer el enfoque crítico y constructivo.

El derecho a la oportunidad de aprender

¿Cómo sabemos que una situación de aprendizaje sigue el diseño universal para el aprendizaje? Lo hace si tiene en cuenta las potencialidades, los intereses, las necesidades y la forma del aprendiente de comprender la realidad, acorde al momento de desarrollo de la persona.

Todo ello se puede resumir en una palabra: respeto; respeto a la individualidad y a la consecuente diversidad. Si existe ese respeto, la situación de aprendizaje se convierte en una oportunidad de aprendizaje dirigida al aprendiente y su individualidad.

Y cada persona tiene derecho a tener esa oportunidad, simplemente por el hecho de que no ha elegido sus potencialidades, habilidades, sesgos culturales, su situación económica o familiar. No ha elegido ser única y, en algo o en mucho, diferente de los demás.

¿Qué pasa en el sistema universitario?

Llegamos, por fin, a la pregunta y reflexión inevitables a estas alturas del discurso: ¿qué pasa con el aprendiente universitario? ¿No sería también obligación del profesor universitario aplicar los principios del diseño universal para el aprendizaje y diseñar situaciones de aprendizaje, con el fin de proporcionar a todo su alumnado la oportunidad de aprender?

Es decir: los estudiantes universitarios ¿tienen derecho a tener oportunidades de aprendizaje (ser aprendientes), que atiendan a sus particularidades individuales? Si así fuera, los docentes universitarios deberían ser formados para ello por ley.

El aprendiente en la LOSU

En el proyecto de la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU) se trata tímidamente la consideración del estudiante como centro:

“El estudiantado, sea cual sea su edad, ha de tener el papel de protagonista”.

También trata la cuestión de la formación pedagógica del profesorado:

“Con este objetivo, esta Ley refuerza la docencia, es decir, se preocupa por la formación y actualización de las capacidades del profesorado”.

“Las universidades desarrollarán la formación inicial y continua para la capacitación docente del profesorado como línea prioritaria de su actividad” y “Las universidades deberán evaluar permanentemente la calidad de la actividad docente”. (Artículo 6)

Pero no se dan directrices pedagógicas específicas, es decir, no se indica en qué consiste esa “formación y actualización” o qué es exactamente la “calidad docente” o en qué consiste y quién evalúa la “capacitación docente”.

Un camino por recorrer

En todos esos términos (formación, actualización, capacitación) están presentes, en abstracto, metodologías, didácticas, estrategias, descriptores, objetivos de aprendizaje, sistemas de evaluación, etc. Pero ¿cuáles?

Parece que todo ello queda a voluntad del docente o de la propia universidad. De esta forma, no se puede asegurar el derecho del estudiante universitario a las oportunidades de aprendizaje. ¿Por qué ha quedado fuera de un cambio de paradigma en educación tan importante? Concretar las oportunidades de aprendizaje a desarrollar en el ámbito universitario parece el complemento necesario para el cambio de paradigma que promueve la LOMLOE.

Carmen Sánchez, Decana de la Facultad de Educación, Universidad Camilo José Cela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.