La escuela (híbrida) que queremos

En el año 1951, Isaac Asimov escribió un cuento titulado “Cuánto se divertían” que transcurre en el año 2157. En aquel cuento imaginaba un futuro en el que maestros automáticos, robots a domicilio, habían sustituido a la escuela tradicional, y eran capaces de adaptarse al nivel del alumno y corregir exámenes estandarizados. En los dos niños protagonistas se desata una añoranza por lo desconocido cuando cae en sus manos un libro del abuelo que describe cómo era la vida escolar del siglo XX, cómo se reían y gritaban en el patio los alumnos, y cómo regresaban juntos a sus casas. En realidad, no necesitamos ni queremos una cosa ni la otra: no queremos robots ni inteligencias artificiales que despersonalicen y deshumanicen la educación, pero tampoco queremos una escuela que ignore la dimensión virtual del aprendizaje. Queremos el equilibro perfecto entre ambas dimensiones, el que garantice que cada uno de nuestros alumnos alcance su máximo potencial.

De acuerdo con datos de la UNESCO, en marzo de 2020, más del 90% de los 1.500 millones de estudiantes del mundo tuvieron que estudiar online debido a la pandemia. Hace un cuarto de siglo que aprendemos y trabajamos en entornos virtuales, compaginándolo con la presencialidad, pero nadie había podido imaginar esa velocísima y gigantesca transición hacia un modelo de aprendizaje casi enteramente online. Y lo curioso es que nadie podrá ya concebir una educación que no sea naturalmente híbrida, que concilie con absoluta fluidez lo digital con lo presencial, entre otras cosas porque nuestros hijos lo perciben y practican con asiduidad y absoluta naturalidad.

Gran parte de los conocimientos y habilidades que adquieren resulta de su participación e interacción en entornos informales online, algo de lo que las escuelas tienen mucho que aprender. Pero el hecho de que se haya producido ese vuelco tan brusco y vertiginoso no significa, sin embargo, que no queden múltiples retos por resolver: el primero, el de la equidad y el de la brecha digital, porque ni todos disponen de las competencias necesarias para desenvolverse en los entornos digitales ni todos disponen de las herramientas y de la conectividad precisas para disfrutar de una experiencia de aprendizaje plena; el segundo, el de las infraestructuras y plataformas de aprendizaje, porque es necesario debatir con profundidad si es preferible que sean públicas y abiertas o propietarias y privadas; el tercero, el de la conectividad de nuestros centros escolares, porque la educación online no funciona sin una red que la soporte; el cuarto, el de la interoperabilidad de los sistemas que utilizamos, porque si pretendemos desarrollar un modelo integral de datos de aprendizaje de nuestros alumnos, las plataformas y los aplicativos tienen que hablar entre sí; el quinto, el de la posesión y gestión de nuestros datos personales, absolutamente intransferibles, que deben servir para llevar un registro exhaustivo del viaje global de aprendizaje de un alumno, más allá incluso de la escuela, a lo largo de toda su vida, y para procurar una adaptación lo más personalizada posible a la trayectoria de cada cual; el sexto, el de la formación del profesorado, porque no cabe transponer simplemente la experiencia presencial a la enseñanza online, de manera que es necesario rediseñarla valiéndose de las herramientas que están a nuestra disposición y pueden servirnos de soporte; el séptimo, el del diseño y desarrollo de entornos de aprendizaje capaces de motivar e implicar activamente a nuestros hijos en la resolución de retos y problemas significativos, que estimulen la indagación y la investigación y que tengan un impacto real sobre su entorno; el octavo, el del pleno y cabal desarrollo de las competencias digitales de nuestros alumnos, que tienen que enfrentarse a un ecosistema de datos y contenidos formidable, porque no basta con haber nacido después de que se inventara Internet para entenderlo o dominarlo; el noveno, el de los recursos educativos a disposición de profesores y alumnos, porque en los entornos digitales surgen nuevas necesidades que pueden ser satisfechas con materiales públicos y abiertos o con desarrollos de empresas privadas; y el décimo, el de la creación de una verdadera comunidad de aprendizaje, con compañeros y mentores, que arrope a cada estudiante en su viaje de aprendizaje, porque trabajar online no puede significar trabajar aislado.

Y donde hay retos, también hay grandes oportunidades: podemos acceder a una cantidad ingente de propuestas formativas online, formales e informales, gratuitas o de pago, adaptadas a nuestras necesidades; podemos cursar y disfrutar de esa colosal oferta en cualquier momento y lugar, a través de nuestros dispositivos móviles, sin perder por ello el contacto con una comunidad global de compañeros que comparten nuestros intereses; podemos crear y compartir conocimientos y contenidos, porque nadie sabe o lo ignora todo, y la red nos permite convertirnos en productores y distribuidores de algo que los demás pueden encontrar valioso; podemos esperar que los algoritmos trabajen para nosotros y sean capaces de diseñar itinerarios personalizados de aprendizaje que satisfagan nuestras necesidades formativas en distintos momentos de nuestras vidas; podemos esperar una vida de aprendizaje pleno y continuo, no solamente porque nuestro cambiante entorno nos demande una actualización permanente y porque el conocimiento se renueve de manera constante, sino porque nos permitirá mantener la curiosidad siempre viva como antídoto contra el paso del tiempo.

Joaquín Rodríguez es director de Innovación y Tecnología Educativa de la Institución Educativa SEK y autor de Primitivos de una nueva era. Cómo nos hemos convertido en Homo Digitalis, de la editorial Tusquets Editores. Este artículo de opinión salió publicado en el especial “Los 100 Mejores Colegios” del periódico El Mundo, el 3 de marzo de 2021.